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Cerdeña: un paraíso insospechado

Cerdeña: un paraíso insospechado

¿Sabes esa situación cuando buscas imágenes de tu destino de vacaciones en Google y te encuentras con fotografías impresionantes que casi nunca se parecen lo más mínimo a lo que luego te encontrarás? Pues esa es la sensación que yo tuve al empezar a planear mis vacaciones a Cerdeña… pero nada más lejos de la realidad.

Desde que pisamos tierra italiana tras unas 12 horas de ferry desde Barcelona -con coche y media casa a cuestas-, no hice más que alucinar con los paisajes que nos íbamos encontrando. Y a partir de este momento, ¡espero que tú también! Este fue mi viaje a Cerdeña:

Siguiendo recomendaciones que encontramos por Internet y dado que nuestro hotel se encontraba en la otra costa de la isla, aprovechamos para hacer nuestra primera parada en Stintino, muy cerquita del puerto al que llegamos con el ferry. Su playa, La Pelosa, aunque concurrida por ser sábado nos dejó completamente alucinados: arena fina y blanca, aguas cristalinas, y el maravilloso azul turquesa del mar… ¡Una auténtica pasada!

Disfrutamos de una cuantas horas allí, pero sobre las 5 partimos rumbo a la costa este de Cerdeña; más concretamente a San Teodoro, donde se encontraba nuestro hotel.

Cuando investigamos sobre la zona, no podíamos imaginarnos que no tendríamos suficientes días para visitar todas las playas que hay en esta zona. Es más, dedicamos tres días a estas calas y playas, en algunas ocasiones visitando dos por día, y sin embargo, ¡no pudimos verlas todas! Aquí, algunas de las más bonitas:

Además de sus preciosas playas, San Teodoro es un pueblito con bastante encanto en el que todos los días (de verano, supongo) se celebra un mercadillo con puestos de artesanos que venden todo tipo de cosas imaginables. Nosotros cada noche nos acercábamos al centro del pueblo a tomar un helado artigianale riquísimo o a tomar una copa, y aunque no tuviese demasiada marcha, hay que reconocer que tenía bastante vidilla.

En cuanto a los restaurantes, era difícil fallar, porque hay que reconocer que en cualquier sitio podías comer un buen plato de pasta. Nosotros un noche nos atrevimos con la gastronomía local y fuimos a un restaurante típico sardo con menú fijo y camareras vestidas en trajes tradicionales, del que salimos más que satisfechos, ¡a punto de reventar! Para los interesados: Agroturismo Li Mori; ¡un descubrimiento!

Pero volviendo a las playas, y a pesar de todo lo que me pudieron gustar todas las que has visto, sin duda alguna lo que más me sorprendió de toda la isla fueron las aguas y calas del Golfo de Orosei. Se trata de una zona que por estar en medio de un parque natural no tiene acceso a las playas con coche, y sólo hay dos formas de llegar a ella: haciendo trekking (y no se trata precisamente de un paseíto), o alquilando una lancha neumática. Y aunque obviamente la lancha es la opción cara, es sin duda la mejor para poder ver unas cuantas calas el mismo día.

Así que nos pusimos en marcha dirección Cala Gonone (el pueblo desde el que salen todas las embarcaciones). Es imprescindible salir con tiempo ya que la carretera es un infierno (puertos de montaña y carreteras de un solo carril) y es fácil que el trayecto hasta llegar allí te lleve un par de horas.

De todos modos, el viaje merecerá la pena, ¡te lo garantizo!

Aquí encontramos las aguas más turquesas y más cristalinas. Desde el mismo barco éramos capaces de ver el fondo del mar a varios metros de distancia bajo el agua. En esta zona, además de las calas más importantes (Cala Goloritzé, Cala Luna, etc.) puedes encontrar pequeñas playas donde vivir la experiencia de estar en una playa desierta. Verdaderamente alucinante…


Los últimos días tuvimos un poco peor suerte con el tiempo, y aunque hacía calor los cielos permanecieron nublados durante un par de días. Para uno de ellos reservamos una excursión a Capo Testa; situado en la zona norte, destaca por su paisaje de piedras gigantes y redondeadas por la erosión del mar.

Nosotros quisimos hacer una ruta que rodeaba todo Capo Testa que encontramos por Internet (unos 7 km), sin embargo, fue un completo desastre porque nos encontramos con caminos cortados, propiedades privadas y tramos que pasaban literalmente por el mar (todavía no somos capaces de caminar sobre las aguas ), lo que nos hizo tener que darnos la vuelta y rendirnos en nuestro intento por hacer una ruta alternativa a lo que estaba delimitada (tres o cuatro caminos sencillitos aptos para niños).

Repusimos fuerzas en Santa Teresa de Gallura, ¡que resultó tener unas zonas empedradas con mucho encanto! Terracitas, casas de colores, placitas agradables… ¡fue una sorpresa!

De vuelta hacia San Teodoro nos pillaba de camino Porto Cervo, donde se encuentra lo más de lo más de la isla; Yates impresionantes, tiendas prohibitivas… Para mi gusto, totalmente artificial, aunque la costa que lo rodea -Costa Esmeralda- sí que pintaba muy muy bien. Sin embargo, los escasos 7 días que tuvimos no nos daban para tanto…

El penúltimo día decidimos ir al Archipiélago de la Maddalena; un conjunto de islas que se sitúan entre Cerdeña y Córcega y de visita obligada. Como el día también amaneció bastante gris y con posibilidad de tormentas, escogimos la opción más sencilla para conocer la isla principal: en ferry con tu propio coche. La alternativa, que suponía ir en un barquito o velero visitando todas las islas que componen el archipiélago, nos hubiera apetecido muchísimo más, pero ¡qué se le va a hacer!

Hay que reconocer que el buen tiempo hace que luzcan infinitamente más bonitas las playas, con ese azul turquesa resaltando gracias a los rayos del sol y esa arena blanca brillando por la luz… y por eso, quizá, nos decepcionó un poco la Maddalena (habíamos leído que eran, sin duda, las mejores calas de todo Cerdeña). Sin embargo, se veía el potencial, y ¡disfrutamos mucho del día!

El último día, y dado que el ferry salía a las 6 de la mañana, optamos por no dormir en el hotel y seguir de turismo visitando Alghero, la ciudad principal del noroeste de Cerdeña. Llegamos de noche y sin saber muy bien qué nos encontraríamos, pero una vez más, ¡esta isla nos volvió a sorprender! En su zona amurallada te encuentras con un casco antiguo de calles estrechas de adoquines, llenas de comercios con mucha vida y ¡cientos de restaurantes en los que comer pastas y pizzas riquísimas!

Una buena cena seguida de una cuantas Ichnusas (la cerveza local) en una terraza y con música en vivo, dio por casi terminado nuestro viaje por Cerdeña.

Nos quedamos con ganas de más, pero la isla resultó ser inmensa, así que nos hemos prometido volver para poder explorar más a fondo la costa oeste y el sur de la isla, junto con su capital: Cagliari. Eso sí, hemos comprobado que septiembre es una buena época para viajar, ya que tanto las carreteras, como los parkings o incluso las playas no están preparadas para acoger las aglomeraciones propias de julio o agosto.

Si tras leer el post te ha entrado el gusanillo, ¡no lo dudes! ¡¡Cerdeña es un paraíso al altura del Caribe y a la vuelta de la esquina!!

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