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Playa Playa de Bonj Isla de Hvar
Croacia



Playa de Bonj Isla de Hvar
Primera aclaración: no todo el mundo tiene el privilegio de llegar hasta la playa de Bonj. Compartir destino vacacional con poderosos empresarios como Giorgio Armani o Bill Gates y estrellas de Hollywood como Kevin Spacey, Tom Cruise o Sharon Stone, que buscan aquí intimidad, está al alcance de pocos. Segunda aclaración: para disfrutar de ella hay que estar alojado en el hotel Amfora, propietario del supercool beach club en el que se ha convertido este refugio de paz, tranquilidad y sofisticación de la isla de Hvar (pronúnciese Juar), la más soleada y verde de la Costa Dálmata, calificada por muchos como la Capri de Croacia, por sus elegantes maneras y aires aristocráticos, y por otros como la Ibiza croata, simplemente porque se ha puesto de moda y por la gente guapa que la visita.

La playa en cuestión acaba de ser reconocida con otro título muy especial: es una de las más sexies del mundo, junto a las de Hawai y Las Bahamas. Puro glamour al borde mismo del Adriático, donde el horizonte viene marcado ineludiblemente por dos visiones. De una parte, el archipiélago de Pakleni Otoci, un bello conjunto de islas con playas nudistas y fondos rocosos ideales para la pesca submarina; de otra, los magníficos yates capitaneados por ilustres personajes de la alta sociedad procedentes de casi cualquier rincón del planeta. La fama de Bonj, tan distinta y distante, es ya universal.

Campos de lavanda



Su agradable clima, con 2.724 horas de sol al año, y un paisaje típicamente mediterráneo son los motivos principales que sirven para justificar por qué esta isla, al sur de la de Brac, es una de las preferidas de los viajeros desde tiempos inmemoriales. En la antigüedad los griegos la llamaron Pharos, como a su primer asentamiento en la actual localidad de Stari Grad, donde se encuentra el muelle al que llegan, cada día, los ferries procedentes de las ciudades de Split y Dubrovnik. En la época romana, muchos fueron los nobles que eligieron para construir sus residencias de descanso esta isla, que más tarde pasaría a manos de la Serenísima República de Venecia, el Imperio Austro-Húngaro, Francia y Yugoslavia. Hay macchia y hay encinas, hay viñas y hay higueras, también árboles frutales, pero, sobre todo, lo que abunda en Hvar son los campos de lavanda, que se extienden, brillantes y rabiosamente morados, por las laderas de las montañas, cuya cima más alta apenas alcanza los 700 metros de altitud. Los comerciantes la venden en pequeñas bolsas, transformada en aceite o en saquitos a todo aquel que viene de fuera. Un souvenir natural cuyo aroma envolverá cada segundo de nuestra estancia.

Cabañas de piedra



Dice una canción popular: “Yo conozco el paraíso ahora, ya conozco Hvar”. Esa es la alegre cantinela que cualquiera puede repetirse, como un mantra, al contemplar el azul en su inmensidad desde la playa de Bonj, también conocida como Les Baines, en la costa oriental. Bordeada por un bosque de pinos, una columnata de piedra blanca, construida en 1930, conduce hasta el borde mismo del mar a los gozosos bañistas que tienen a su disposición hamacas, tumbonas, toldos y cabañas también de piedra en las que es posible recibir masajes al aire libre, pero con total privacidad. El Adriático aquí resulta especialmente azul y transparente, debido a unos fondos nada arenosos, salpicados, eso sí, de diminutas piedrecitas blancas. Puede resultar todo un exceso, pero la experiencia de recrear la vista en el horizonte con una copa en la mano de algún vino local –quizás un Bogdanusa blanco– bien vale la pena: el éxtasis puede ser total.

De Bonj lo esencial no es la arena, que no la hay, sino las vistas. Al mirarlas desde aquí, las islas de Pakleni Otoci, que ilustran la mayor parte de los folletos de viajes de Hvar, parecen las piezas de un gigantesco puzzle. Su nombre deriva de la palabra paklina, que es la resina de pino que antiguamente se utilizaba para embadurnar el casco de los barcos. Si hacemos caso a las leyendas, parece ser que el archipiélago se formó gracias al semen del mismísimo Poseidón, que, según cuentan, quedó esparcido sobre el mar al interrumpir Zeus su locura de amor con una ninfa. Sea cual sea su origen, ahí, al frente, están las islas: Jerolim, Marinkovac, Planikovac, Borovac, San Clemente… hasta veinte en total, conocidas como las Diabólicas, por mucho que nos parezca estar en el cielo.

Noches estrelladas



Ese laberinto de canales, islotes, calas y ensenadas que se extienden frente a Bonj también son visibles desde la fortaleza de Spanjol, una ciudadela levantada en el mismo lugar que ocupaba un castillo medieval para defender de los ataques turcos la ciudad de Hvar, la más importante de la isla. Si el edificio se llama así es porque en su construcción colaboraron ingenieros españoles, tal y como explican algunos carteles en nuestro idioma. La Plaza Mayor del casco antiguo, con su famoso arsenal, la catedral de San Stjepan, bello ejemplo del Renacimiento dálmata, y el monasterio benedictino son otros lugares que no hay que perderse en Hvar. De día, claro está, porque las noches, interminables y estrelladas, son aquí sinónimo de fiesta. Si éste es uno de los lugares preferidos de Paris Hilton para pasar el verano, por algo será…




 

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